La República
La República —Tampoco se llamará prudente al Estado cuando delibere sobre la manera de hacer muebles de forma óptima según las reglas de este oficio.
—No, por cierto.
—Ni por el saber sobre las obras de bronce o de cualquier otro metal.
—Por ninguno de éstos —aseveró.
—Ni cuando se trate de la producción de los bienes de la tierra, porque esto corresponde a la agricultura.
—Asà parece.
—¿Hay, pues, en el Estado que acabamos de formar —pregunté— una ciencia que resida en algunos de sus miembros y cuyo fin sea deliberar, no sobre alguna parte del Estado, sino sobre el Estado todo y sobre su gobierno, tanto interior como exterior?
—Sin duda, la hay.
—¿Qué ciencia es ésta y en quién reside? —pregunté.
—Es la que tiene por objeto la conservación del Estado —dijo—, y reside en aquellos magistrados que llamamos guardianes perfectos.
—Con relación a esta ciencia, ¿cómo llamas a nuestro Estado?
—Verdaderamente prudente y sabio en sus consejos —repuso.