La República
La República —Pluguiera a los dioses —dijo él—, pero bastante haré si puedo seguirte y percibir las cosas a medida que me las muestres.
—Invoquemos a los dioses y sÃgueme —dije yo.
—Es lo que voy a hacer. Marcha tú delante —replicó.
—El lugar me parece oscuro, embarazoso y de difÃcil acceso. Sin embargo, avancemos —dije yo.
—Pues adelante —exclamó.
Después de haber mirado por algún tiempo:
—¡Ea, ea, mi querido Glaucón! —exclamé yo—. Me parece que sigo la pista, y creo que no se nos escapa la justicia.
—¡Buena noticia! —dijo él.
—En verdad, que lo que me ha pasado es harto estúpido —dije.
—¿Qué cosa?
—Hace mucho tiempo, mi querido amigo, que, según parece, la tenemos a nuestros pies y no la habÃamos visto. Merecemos que se rÃan de nosotros como de los que buscan lo que tienen entre manos. Fijamos nuestras miradas allá lejos, en lugar de mirar cerca de nosotros, que es donde está. Quizá es ésta la causa de habérsenos ocultado por tanto tiempo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.