La República
La República —Asà hay que hacerlo —dijo.
XIII.—Dime ahora: mostrar asentimiento y disentimiento, tender hacia un objeto y alejarse de él, atraerle a sà y rechazarle, ¿son cosas opuestas, sean acciones o pasiones (porque, para el caso, es lo mismo)?
—Son opuestas —dijo.
—¿Y qué? —prosegu×. El hambre, la sed y, en general, los apetitos naturales, el deseo, la voluntad, todo esto, ¿no está referido a las especies de que acabamos de hablar? Por ejemplo, ¿no se dirá, de un hombre que tiene algún deseo, que su alma tiende a lo que ella desea, que atrae a sà la cosa que ella querrÃa tener, y que en tanto que desea que se le dé una cosa, se da a sà misma señales de que la quiere, como si se le preguntase, anticipándose ella misma en cierto modo al cumplimiento de su deseo?.[9]
—SÃ.
—Y el no querer, no anhelar, no desear, ¿no es lo mismo que rechazar y alejar de s� Y estas operaciones del alma, ¿no son contrarias a las precedentes?
—Sin duda.
—Sentado esto, ¿no diremos que tenemos una cierta clase de apetitos y, sobre todo, dos que están más a la vista, que son la sed y el hambre?
—Eso diremos —admitió.
—¿No tienen por objeto el uno el beber y el otro el comer?