La República
La República —SÃ.
—La sed, en tanto que sed, ¿es otra cosa en el alma que el deseo de lo dicho? En otros términos, la sed en sÃ, ¿tiene por objeto una bebida caliente o frÃa, en grande o en pequeña cantidad, y en general tal o cual bebida? ¿O no es cierto más bien que si se une a la sed el calor, este calor añade al deseo de beber el de beber frÃo; que si se le une el frÃo, este frÃo añade el deseo de beber caliente; que si la sed es grande, se quiere beber mucho, y si pequeña, se quiere beber poco; mientras que la sed en sà misma no es otra cosa que el deseo de la bebida, que es su objeto propio, como el comer es el objeto del hambre?
—Es cierto —dijo—. Cada deseo, considerado en sà mismo, se dirige a su objeto, considerado también en sà mismo; y las cualidades accidentales son las que, uniéndose a cada deseo, hacen que se dirija hacia tal o cual modificación de su objeto.
—No nos dejemos alucinar, pues —dije yo—, por la objeción siguiente: nadie desea meramente la bebida, sino una buena bebida: ni meramente la comida, sino una buena comida, porque todos desean las cosas buenas; por lo tanto, si la sed es un deseo, es el deseo de algo bueno, cualquiera que sea su objeto, sea la bebida, sea otra cosa, y lo mismo sucede con los demás deseos.
—Esta objeción, sin embargo, parece que es de alguna importancia —observó.