La República
La República —¿Y no es también templada mediante la amistad y la armonÃa que reinan entre la parte que manda y las que obedecen, cuando estas dos últimas están de acuerdo en que a la razón corresponde mandar y que no debe disputársele la autoridad?
—La templanza no puede tener otro principio —dijo—, sea en el Estado, sea en el particular.
—En fin, mediante todo lo que hemos dicho repetidas veces, será también justo.
—Forzosamente.
—¿Qué, pues? ¿Hay, por ahora —dije—, algo que nos impida reconocer que la justicia en el individuo es la misma que en el Estado?
—No lo creo —replicó.
—Si en este punto nos quedase alguna duda, la harÃamos desaparecer del todo aportando ciertas ideas corrientes.
—¿Cuáles?
—Por ejemplo, si respecto de nuestro Estado y del varón formado sobre este modelo por la naturaleza y por la educación, se tratase de examinar si este hombre podrÃa quedarse para él un depósito de oro o de plata prestado, ¿crees que nadie le supondrÃa capaz de un hecho semejante, sino aquellos que no están como él formados según el modelo de un Estado justo?[11]
—Nadie —dijo.