La República
La República —SÃ, por cierto.
—Pero después que la experiencia, creo, ha hecho ver que era mejor hacer los ejercicios desnudos que ocultar ciertas partes del cuerpo, la razón, descubriendo lo que era más conveniente, ha disipado el ridÃculo que a la vista producÃa la desnudez, y ha demostrado que es necio el que halla el ridÃculo en otra cosa que en lo que es malo en sÃ, el que sólo intenta mover a risa, tomando por objeto de sus burlas otra cosa que lo irracional y lo malo, o el que se dirige seriamente a un fin que no es el bien.
—Es cierto por completo —dijo.
IV.—¿No es preciso, entonces, que nosotros decidamos primero si lo que proponemos es posible o no, y conceder a quienquiera que sea, hombre serio o burlón, la libertad de examinar si las mujeres son capaces de los mismos ejercicios que los hombres, o si no son acomodadas para ninguno o, en fin, si son capaces de unos ejercicios e incapaces de otros? Después veremos en cuál de estas clases es preciso colocar los ejercicios de la guerra. Si comenzamos tan bien este examen, ¿no podremos lisonjearnos de llegar felizmente al término?
—Desde luego —dijo.
—¿Quieres, pues —pregunté—, que nos hagamos cargo de las razones de nuestros adversarios, para que su causa no quede sin defensa ante nuestro ataque?
—No hay inconveniente —dijo.