La República
La República —Digamos, pues, en su nombre: «Sócrates y Glaucón, no hay necesidad de que otros os contradigan. Cuando sentasteis las bases de vuestra república, ¿no convinisteis en que cada uno debÃa limitarse al oficio que más se conformase con su naturaleza? —Es cierto; en eso convinimos. —¿Y es posible dejar de reconocer que entre la naturaleza de la mujer y la del hombre hay una inmensa diferencia? —¿Cómo no han de ser diferentes? —¿Es preciso, por lo tanto, destinarlos a oficios diferentes según su naturaleza? —Sin duda. —Por consiguiente, ¿no es un error y una contradicción de vuestra parte decir que es necesario destinar a los mismos empleos y oficios a los hombres y a las mujeres, a pesar de la gran diferencia que hay entre sus naturalezas». Mi inteligente amigo, ¿tienes algo que responder a esto?
—No serÃa fácil —dijo— responder en el acto, pero te suplicarÃa y te suplico, en efecto, que interpretes nuestra argumentación como mejor te parezca.
—Ha largo tiempo, Glaucón, que habÃa previsto esta objeción y otras muchas semejantes a ella —dije—. Y aquà tienes la razón de mi reparo en entrar en pormenores sobre la manera de adquirir y tener mujeres e hijos.
—¡Por Zeus!, la objeción no me parece fácil de resolver —dijo.