La República
La República —Verdaderamente, no —dije—. Pero tanto si un hombre cae en un estanque como en alta mar, no por eso deja de verse igualmente precisado a nadar.
—Sin duda.
—Hagamos, pues, como él; echémonos a nado para salir de esta dificultad. Quizá algún delfÃn vendrá a recogernos,[5] o recibiremos algún otro auxilio imprevisto.
—Parece que sà —dijo.
—Veamos, por lo tanto —dije—, si encontramos alguna salida. Hemos convenido en que es preciso consagrar las naturalezas diferentes a oficios diferentes. Por otra parte, estamos también conformes en que el hombre y la mujer son de naturaleza distinta, y a pesar de esto queremos destinar a ambos a unos mismos oficios. ¿No es ésta la objeción que se nos hace?
—Exactamente.
—En verdad, mi querido Glaucón, el arte de la disputa tiene un maravilloso poder.
—¿Por qué?