La República
La República —La naturaleza de la mujer es, pues, tan propia para la guarda de un Estado como la del hombre, y no hay más diferencia sino que aquélla es más débil y éste, más fuerte.
—Asà parece.
VI.—Éstas son las mujeres que nuestros guerreros deben escoger por compañeras y con las que deben compartir el cuidado de la vigilancia, porque son capaces de ello, y han recibido de la naturaleza las mismas disposiciones.
—Totalmente de acuerdo.
—¿Y no es preciso asÃgnar las mismas tareas a las mismas naturalezas?
—Las mismas.
—Henos aquà otra vez en el punto de partida, y habremos de confesar de nuevo que no es contrario a la naturaleza ejercitar las mujeres de nuestros guerreros en la música y en la gimnasia.
—Verdaderamente.
—La ley que nosotros establezcamos, pues, por ser conforme a la naturaleza, no es ni una quimera, ni un vano deseo. Lo que verdaderamente choca con la naturaleza es el uso opuesto que se sigue hoy.
—Asà parece.
—¿No nos habÃamos propuesto examinar si esta nueva institución era posible y, al mismo tiempo, si era óptima?