La República
La República —Según te explicas —respondio Glaucón—, tendrÃa que ser infinito el número de filósofos, y todos de un carácter bien extraño; porque serÃa preciso comprender bajo este nombre a todos los que son aficionados a los espectáculos, que también gustan de saber, y serÃa cosa singular ver entre los filósofos a estas gentes que gustan de audiciones, que ciertamente no asÃstirÃan con gusto a esta conversación, pero que tienen como alquilados los oÃdos para oÃr todos los coros y concurrir a todas las fiestas de Dioniso sin faltar a una sola, sea en la ciudad, sea en el campo. ¿Y llamaremos filósofos a los que no muestran ardor sino para aprender tales cosas o que se consagran al conocimiento de las artes más Ãnfimas.
—En modo alguno —dije—; sólo son filósofos en apariencia.
XX.—Entonces, ¿quiénes son, en tu opinión —preguntó—, los verdaderos filósofos?
—Los que gustan de contemplar la verdad —respondÃ.
—Tienes razón, sin duda —dijo—, pero explÃcame lo que quieres decir con eso.
—No serÃa fácil si hablara con otro —dije—; pero creo que tú me concederás lo siguiente.
—¿Qué?
—Que siendo lo bello lo opuesto de lo feo, son éstas dos cosas distintas.