La República
La República —Y ¿cómo no?
—Por consiguiente, siendo dos, ¿cada una de ellas es una?
—También.
—Lo mismo sucede respecto a lo justo y a lo injusto, a lo bueno y a lo malo, y a todas las demás ideas. Cada una de ellas, tomada en sà misma, es una; pero consideradas todas en las relaciones que tienen con nuestras acciones, con los cuerpos y entre sÃ, revisten mil apariencias.
—Dices bien —asintió.
—He aquà cómo distingo —continué— esas gentes curiosas que mencionabas, que tienen manÃa por los espectáculos y por las artes y se limitan a la práctica, de aquellos a quienes conviene en exclusiva el nombre de filósofos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—Los primeros, cuya curiosidad está por entero en los ojos y en los oÃdos —dije—, se complacen en oÃr bellas voces, ver bellos colores, bellas figuras y todas las obras del arte o de la naturaleza en que entra lo bello; pero su mente es incapaz de ver y gustar la esencia de la belleza misma, reconocerla y unirse a ella.
—Asà es, sin duda —dijo.
—¿No son muy escasos los que pueden elevarse hasta lo bello en sà y contemplarlo en su esencia?
—Muy raros.