La República
La República —¿Y no es ésta, punto por punto, la imagen de los que hacen consistir la sabidurÃa en conocer lo que desea la multitud reunida, lo que la lisonjea, sea en pintura, sea en música, sea en polÃtica? ¿No es evidente que si alguno presenta en estas reuniones alguna obra de poesÃa o de arte, o cualquier proyecto de utilidad pública, remitiéndose al juicio de la multitud, tiene una necesidad diomedea[4] de conformarse en todo a lo que ella ha de aprobar? ¿Has oÃdo jamás a uno solo de los que las componen probar de otro modo que valiéndose de razones ridÃculas y lamentables que lo que asà juzga bueno y honesto sea tal en efecto?
—Ni espero oÃrselo nunca —dijo.
VIII.—A todas estas reflexiones une la siguiente: ¿es posible que la multitud oiga con gusto y mire como verdadero este principio: que existe lo bello en sÃ, pero no la pluralidad de las cosas bellas, y cada cosa en sÃ, pero no la multitud de cosas particulares?
—En modo alguno —dijo.
—Por consiguiente, es imposible que el pueblo sea filósofo —dije.
—Imposible.
—Y, por lo tanto, necesariamente ha de despreciar a los que se dedican a la filosofÃa.
—Necesariamente.