La República
La República —Y los despreciarán también esos particulares que viven entregados al pueblo y que se consagran a complacerle.
—Es evidente.
—Ahora bien: ¿cuál es el asÃlo donde el verdadero filósofo pueda retirarse para perseverar en la profesión que ha abrazado y llegar al punto de perfección a que aspira? Júzgalo por lo que acabamos de decir. Hemos convenido en que el verdadero filósofo debe recibir de la naturaleza la facilidad de aprender, la memoria, el valor y la grandeza del alma.
—SÃ.
—Desde la infancia, ¿será el tal el primero entre sus iguales, sobre todo si las perfecciones del cuerpo corresponden en él a las del alma?
—¿Por qué no? —dijo.
—Cuando haya llegado a la edad madura, sus padres y sus conciudadanos se apresurarán a servirse de sus talentos y a confiarle sus intereses.
—¿Cómo no?
—Le abrumarán con halagos y súplicas, previendo de antemano el crédito que algún dÃa alcanzará en su patria, y le obsequiarán para tenerlo seguro de antemano.
—Asà sucede de ordinario —dijo.