La República
La República —Sin embargo —dije yo—, si a causa de su buena Ãndole y las relaciones que existen entre estos discursos y las facultades de su alma, llega a atenderlos y se deja convencer y arrastrar hacia la filosofÃa, ¿qué crees que harán entonces los persuadidos de que este cambio les va a hacer perder sus favores y todas las ventajas que de él se prometÃan? Discursos, acciones, de todo se valdrán para disuadirle, al paso que dirigirán todos sus esfuerzos contra el importuno consejero, para perderle, sea armándole lazos en secreto, sea llevándole ante los tribunales.
—No puede menos de ser asÃ.
—Y bien, ¿esperas aún que nuestro hombre se consagre a la filosofÃa?
—Rotundamente, no.
IX.—Ya ves —segu× la razón que yo tenÃa para decir que las cualidades que constituyen al filósofo, si están pervertidas por una mala educación, contribuyen en cierta manera a separarle de su destino natural y lo mismo sucede con las riquezas y las demás pretendidas ventajas de esta especie.
—Reconozco que no se dijo sin razón —contestó.