La República
La República —Trabajarán en seguida sobre este lienzo, dirigiendo sus miradas repetidamente ya sobre lo naturalmente justo, bello y temperante y todas las demás virtudes, ya sobre el punto a que el hombre puede arribar en la realización de este ideal; y mediante la mezcla y combinación de instituciones, formarán el hombre verdadero conforme a aquel modelo, que Homero llama divino y semejante a los dioses cuando lo encuentra en un hombre.
—Muy bien —dijo.
—Y pienso que será preciso borrar muchas veces y otras añadir nuevos rasgos, hasta que el alma del hombre se aproxime lo más posible a este estado de perfección, que la hace agradable a los dioses.
—No puede haber una pintura más hermosa —dijo.
—¿Qué te parece? —pregunté—. ¿Hemos probado suficientemente a los que tú me presentabas antes[9] marchando en orden de batalla para atacarnos que el único que puede trazar el plan de una república es ese mismo filósofo a quien sentÃan ellos que nosotros entregásemos el gobierno de los Estados? Lo que acaban de oÃr, ¿no contribuirá a apaciguarlos?
—Mucho más si dan los oÃdos a la razón —dijo.
—¿Qué podrán ya objetarnos? ¿Que los filósofos no son amantes del ser y de la verdad?
—Eso serÃa un absurdo —dijo.
—¿Que su Ãndole natural, tal como la hemos pintado, no se aproxima a lo más perfecto?