La República
La República —Tampoco.
—¿O que un natural semejante, favorecido por una educación conveniente, no es más propio que cualquier otro para adquirir la virtud y la sabidurÃa? ¿Concederán más bien esta ventaja a los que nosotros hemos excluido del número de los filósofos?
—No, por cierto.
—¿Se irritarán cuando nos oigan decir que no hay remedio para los males públicos y particulares y que el proyecto de un Estado tal como nosotros hemos imaginado no se realizará jamás mientras los filósofos no ejerzan toda la autoridad?
—Quizá se irritarán menos —dijo.
—¿Prefieres —inquir× que dejemos a un lado ese menos y digamos que los hemos aplacado y persuadido enteramente para que, si no otra cosa, la vergüenza sola les obligue a confesarlo?
—Convengo en ello —dijo.
XIV.—Démoslos, pues, por convencidos en este punto. Y ahora, ¿quién puede dudar que los hijos de los reyes y de los jefes de los Estados pueden nacer con disposiciones naturales para la filosofÃa?
—Nadie —dijo.