La República
La República —Y ¿podrÃa decirse que, aun cuando nazcan con semejantes disposiciones, es una necesidad inevitable el que se perviertan? Convinimos en que es difÃcil que se salven de la corrupción general, pero que en todo el curso de los tiempos no se salve ni uno solo, ¿hay nadie que se atreva a decirlo?
—¿Cómo va a hacerlo?
—Por lo tanto, basta que se salve uno —dije— y que encuentre sus súbditos dispuestos a obedecerle, para ejecutar lo que se tiene hoy por imposible.
—Basta uno solo —dijo.
—Si llega el caso de que el jefe de un Estado —dije— haga las leyes y los reglamentos de que hemos hablado, no es imposible que sus súbditos consientan someterse a ellos.
—No, sin duda.
—¿Y es una cosa extraña y chocante que el proyecto que hemos concebido nosotros lo conciba un dÃa el pensamiento de otro?
—No lo creo —dijo.
—¿No hemos demostrado, a mi juicio suficientemente, que una vez que se tenga por posible nuestro sistema, es muy ventajoso?
—SÃ, suficientemente.
—Concluyamos, por lo tanto, que si nuestro plan de legislación puede tener lugar, es excelente; y que si la ejecución es difÃcil, por lo menos no es imposible.