La República
La República —Sin duda es una cosa muy graciosa de su parte echarnos en cara nuestra ignorancia respecto al bien, y hablarnos en seguida de él como si lo conociéramos. Dicen que es el conocimiento del bien, como si nosotros debiésemos entenderles desde el momento en que pronuncian la palabra bien.
—Es muy cierto —dijo.
—Pero los que definen la idea de bien por la de placer, ¿incurren en un error menor que el de los otros? ¿No están precisados a confesar que hay placeres malos?
—En efecto.
—Y, por consiguiente, ¿no les pasa que llegan a admitir que las mismas cosas son buenas y malas?
—¿Qué otra cosa, si no?
—Es evidente que esta materia está llena de numerosas y grandes dificultades.
—¿Cómo no?
—¿Y no es evidente también que respecto a lo justo y lo bello muchos se atendrán a las simples apariencias en sus palabras y en sus acciones; pero que cuando se trate del bien, aquéllas no satisfarán a nadie, y se buscará algo real sin dejarse llevar de tales apariencias?
—Efectivamente —dijo.