La República
La República —Se parecen, sin embargo, a nosotros punto por punto —dije—. Por lo pronto, ¿crees que puedan ver otra cosa, de sà mismos y de los que están a su lado, que las sombras que el fuego proyecta enfrente de ellos en el fondo de la caverna?
—¿Cómo habÃan de poder ver más —dijo—, si desde su nacimiento están precisados a tener la cabeza inmóvil?
—Y respecto de los objetos que pasan detrás de ellos, ¿pueden ver otra cosa que las sombras de los mismos?
—¿Qué otra cosa, si no?
—Si pudieran conversar unos con otros, ¿no convendrÃan en dar a las sombras que ven los nombres de las cosas mismas?
—Por fuerza.
—Y si en el fondo de su prisión hubiera un eco que repitiese las palabras de los transeúntes, ¿se imaginarÃan oÃr hablar a otra cosa que a las sombras mismas que pasan delante de sus ojos?
—¡No, por Zeus! —exclamó.
—En fin, no creerÃan que pudiera existir otra realidad que estas mismas sombras de objetos fabricados —dije yo.
—Es forzoso por completo —dijo.