La República
La República —Admite, por lo tanto, también y no te sorprenda —dije— que los que han llegado a esta sublime contemplación desdeñan tomar parte en los negocios humanos, y sus almas aspiran sin cesar a fijarse en este lugar elevado. Asà debe suceder si es que ha de ser conforme con la imagen que yo he trazado.
—SÃ, asà debe ser —dijo.
—¿Es extraño que un hombre —dije yo—, al pasar de esta contemplación divina a la de los miserables objetos que nos ocupan, se turbe y parezca ridÃculo cuando, antes de familiarizarse con las tinieblas que nos rodean, se vea precisado a entrar en discusión ante los tribunales o en cualquier otro paraje sobre sombras y figuras de justicia, reflejos las unas de las otras, y explicar cómo él las concibe delante de personas que jamás han visto la justicia en sà misma?
—No veo en eso nada que me sorprenda —dijo.