La RepĂșblica

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—Eso procede de dos causas —dije yo—. La primera es que ningĂșn Estado hace aprecio de estos descubrimientos y que se trabaja en ellos dĂ©bilmente, porque son penosos. La segunda, es porque los que se dedican a ella tendrĂ­an necesidad de un guĂ­a, sin el cual sus indagaciones serĂĄn inĂștiles. Encontrar uno bueno es difĂ­cil, y aun cuando se encontrase, en el estado actual de cosas, los que se ocupan de estas indagaciones tienen demasiada presunciĂłn para querer obedecerle. Pero si un Estado presidiese a estos trabajos y les diera estimaciĂłn, los individuos se prestarĂ­an a sus miras, y mediante trabajos concertados y sostenidos no se tardarĂ­a en descubrir la verdad; puesto que hoy mismo, a pesar del desprecio que se hace de estas cuestiones por no comprender su utilidad, ni siquiera los pocos que a ellas se consagran, sĂłlo por la fuerza del encanto que producen, triunfan de todos los obstĂĄculos y hacen cada dĂ­a nuevos progresos. No serĂ­a, pues, extraño que salieran algĂșn dĂ­a a la luz.

—Convengo —dijo— en que es un estudio sumamente atractivo. Pero explĂ­came, te lo suplico, lo que decĂ­as antes. Pusiste en primer tĂ©rmino la geometrĂ­a o estudio de las superficies.

—Sí —dije yo.

—Inmediatamente despuĂ©s —dijo—, la astronomĂ­a; y luego te volviste atrĂĄs.


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