La República
La República —Porque un espÃritu libre —dije yo— no debe aprender nada como esclavo. Que los ejercicios del cuerpo sean forzosos o voluntarios, no por eso el cuerpo deja de sacar provecho; pero las lecciones que se hacen entrar por fuerza en el alma no tienen en ella ninguna fijeza.
—Es cierto —dijo.
—No emplees la violencia, pues, con los niños cuando les des las lecciones —dije—; haz de manera que se instruyan jugando, y asà te pondrás mejor en situación de conocer las disposiciones de cada uno.
—Lo que dices me parece muy sensato —asintió.
—Y ¿recuerdas —pregunté— que, según dijimos antes, es preciso llevar a los niños a la guerra a caballo, hacer que presencien el combate, y hasta aproximarlos a la pelea cuando no haya en ella gran peligro, y procurar en cierta manera que gusten la sangre, como se hace con los perros jóvenes de caza?
—Me acuerdo de eso —dijo.
—Pondrás, pues, a un lado los que hayan mostrado más agilidad en estos trabajos, estudios y peligros —dije.
—¿A qué edad? —preguntó.