La República
La República —Muy bien —dije—; es lo mismo que estoy haciendo. Dificultad habrá en creer, a no haberlo visto, que los animales domésticos son en este gobierno más libres que en ningún otro. Las perras, según el proverbio, se hacen como sus dueñas; y los caballos y los asnos, acostumbrados a marchar con la cabeza erguida y sin agacharse, chocan con todos los que encuentran, si no se les permite el paso.[18] En fin, todo goza aquà de una plena y entera libertad.
—Me refieres —dijo— mi propio sueño. Más de una vez, cuando voy al campo, me sucede eso.
—¿No ves —dije— los males que resultan de todo esto? ¿No ves cómo se hacen suspicaces los ciudadanos hasta el punto de rebelarse e insurreccionarse a la menor apariencia de coacción? Y por último llegan, como tú sabes, hasta no hacer caso de las leyes, escritas o no escritas, para no tener asà ningún señor.
—Lo sé muy bien —contestó.
XV.—De este principio tan bello y tan encantador es de donde nace la tiranÃa, por lo menos a mi entender —dije.
—Encantador en verdad; pero continúa explicándome sus efectos —pidió.