La República
La República —Entonces el hombre ambicioso, que ha llegado a este punto extremo, aprovecha la ocasión para hacer al pueblo una petición. Le pide una guardia personal para proteger al defensor del pueblo.
—SÃ, verdaderamente —dijo.
—El pueblo se la concede, temiéndolo todo por su defensor, y no temiendo nada por sà mismo.
—Sin duda también.
—Cuando las cosas llegan a este punto, todo hombre que posee grandes riquezas y que por esta razón pasa por enemigo del pueblo, toma para sà el oráculo dirigido a Creso: huye siguiendo el rÃo Hermos, de lecho pedregoso, y no temas la tacha de cobardÃa.[22]
—En efecto —dijo—, porque no tendrÃa ocasión de temerla dos veces.
—Si le prenden en su huida, le cuesta la vida —dije yo.
—No es otra la suerte que le espera.
—En cuanto al protector del pueblo, no creas que «yace grande en gran espacio»;[23] sube descaradamente al carro del Estado, destruye a derecha e izquierda a todos aquellos de quienes desconfÃa, y se declara abiertamente tirano.
—¿Quién puede impedÃrselo? —dijo.
XVII.—Veamos ahora cuál es la felicidad de este hombre y la del Estado que le sufre —dije.
—Conforme, veámoslo —dijo.