La República
La República —SÃ.
—En la misma forma, cuando el protector del pueblo, encontrando a éste completamente sumiso a su voluntad, empapa sus manos en la sangre de sus conciudadanos; cuando en virtud de acusaciones calumniosas, que son demasiado frecuentes, arrastra a sus adversarios ante los tribunales y hace que expiren en los suplicios, bañando su lengua y su boca impÃa en la sangre de sus hermanos, valiéndose del destierro y de las cadenas, y propone la abolición de las deudas y una nueva división de tierras, ¿no es para él una necesidad el perecer a manos de sus enemigos o hacerse tirano del Estado y convertirse en lobo?
—Forzosamente —dijo.
—Ya le tienes aquà en guerra abierta con los que poseen grandes bienes —dije.
—Es cierto.
—Y si se consiguiese expulsarlo, y volviese a pesar de sus enemigos, ¿no vendrÃa hecho un tirano completo?.[21]
—Sin duda.
—Pero si los ricos no pueden conseguir echarlo ni hacer que le condenen a muerte, acusándole delante del pueblo, naturalmente conspirarán sordamente contra su vida.
—Al menos suele suceder asà —dijo.