La República
La República —Pero semejante conducta no puede sino hacerle más y más odioso a sus conciudadanos.
—¿Cómo no?
—Y algunos de los que contribuyeron a su elevación, y que son los que, después de él, tienen mayor autoridad, ¿no hablarán con él o entre sà con mucha libertad de lo que pasa, censurándolo, al menos los más atrevidos?
—Parece que sÃ.
—Es preciso que el tirano se deshaga de ellos si quiere reinar en paz; y que, sin distinguir amigos de enemigos, haga que desaparezcan todos los hombres de algún mérito.
—Es evidente.
—Debe ser muy perspicaz para distinguir los que tienen valor, grandeza de alma, inteligencia y riqueza; y su felicidad estriba, quiera o no quiera, en hacer a todos la guerra, y tenderles lazos sin tregua hasta que haya purgado de ellos al Estado.
—¡Extraña manera de purgar! —dijo.
—Hace lo contrario de los médicos, que purgan el cuerpo quitándole lo malo y dejándole lo bueno.
—Tiene que obrar asà si quiere gobernar —dijo.
XVIII.—En verdad, ¡bendita necesidad la suya de perecer o vivir con canalla, que tampoco puede evitar que le aborrezca! —dije.
—Tal es su situación —dijo.