La República
La República —¿No es claro que cuanto más odioso se haga a sus conciudadanos, a causa de sus crueldades, tanta más necesidad tendrá de una fiel y numerosa guardia?
—¿Cómo no?
—Pero ¿dónde encontrará esas gentes fieles? ¿De dónde las hará venir?
—Si paga bien, acudirán en gran número de todas partes —dijo.
—Me parece que ya te entiendo, por el Can[24] —exclamé—: acudirán enjambres de zánganos de todos los paÃses.
—Es verdad lo que te parece —dijo.
—¿Pero por qué no a gente de su paÃs...?
—¿Cómo?
—Formando su guardia de esclavos, a quienes declararÃa libres después de haber hecho morir a sus dueños.
—Muy bien, porque tales esclavos le serÃan enteramente adictos —dijo.
—¡Dichosa, pues —dije—, la condición de un tirano si se ve obligado a destruir a aquellos ciudadanos y a convertir éstos en sus amigos y fieles servidores!
—Pero de ellos se sirve —dijo.
—Estos nuevos ciudadanos le admiran y viven con él en la más Ãntima familiaridad, mientras que los hombres de bien le aborrecen y huyen de él —dije.
—¿Cómo no han de hacerlo?