La República
La República La timocracia, arrastrada tarde o temprano por la resbaladiza pendiente de la corrupción, se cambia en oligarquía, que es «una forma de gobierno, donde el censo decide de la condición de cada ciudadano, donde los ricos, por consiguiente, tienen el poder en el que ninguna parte toca a los pobres». Lo que la caracteriza es la sustitución del amor de la gloria con el amor de las riquezas. Los más ricos pasan por ser los más dignos. El gobierno se divide en dos Estados, es decir, entre los ricos y los pobres. El pequeño número de los primeros y la multitud siempre creciente de los segundos producen inevitablemente la formación de una especie de ejército de mendigos y ladrones, envidiosos, hostiles, turbulentos, contenidos sólo por el temor. — El hombre oligárquico, tipo de un Estado semejante, es ávido y avaro. El oro es su dios. Hay en él dos hombres siempre en lucha, el uno, que querría echar mano de los bienes ajenos para aumentar los suyos; y el otro, que teme comprometer su fortuna y contiene al primero, no por virtud, sino por miedo.