La República
La República —¿Y no sentirá nacer junto a estos, dÃa y noche, una multitud de nuevos deseos tan indómitos como insaciables?
—Multitud, en efecto.
—Y asà sus rentas, si es que las tiene, se verán bien pronto agotadas en satisfacerlos.
—¿Cómo no?
—Detrás vendrán los préstamos y, como consecuencia, la disipación de su fortuna.
—¿Qué remedio?
—Y cuando no tenga ya nada, ¿no será importunado por los gritos tumultuosos de esta muchedumbre de deseos que se agitan en su alma como en su nido? Estrechado por sus aguijones, y sobre todo por el del amor, al que sirven los demás deseos, por decirlo asÃ, como de escolta, ¿no correrá de un lado para otro como un furioso buscando por todas partes alguna presa, que pueda sorprender por artificio o arrancar por la fuerza?
—SÃ, ciertamente —dijo.
—Y asà será para él una necesidad, o agarrar cuanto se le venga a las manos, o verse despedazado por los más crueles dolores.
—Es forzoso.