La República
La República —Si la riqueza y el lucro fuesen la regla más segura para juzgar bien de cada cosa, lo que el avaro estima o desprecia contendrÃa efectivamente la máxima verdad.
—Convengo en ello.
—Si fuesen los honores, las victorias o el valor, ¿no serÃa preciso someterlos a la decisión del hombre ambicioso y arrogante?
—Es evidente.
—Pero puesto que a la reflexión y a la experiencia y a la razón pertenece juzgar...
—No puede menos de reconocerse que lo que merece la estimación del filósofo, del amigo de la razón, es verdaderamente estimable.
—Luego de los tres placeres de que se trata, el más dulce es el que depende de esta parte del alma por la que adquirimos conocimientos, y el hombre que da a esta parte el mando sobre sà mismo pasa la vida más dichosa.
—¿Cómo va a ser de otro modo? —dijo—: como apreciador soberano, el hombre inteligente alaba su propia vida.
—¿Qué vida y qué placer deberán ponerse en segundo lugar? —dije.
—Es claro que será el placer del guerrero y del ambicioso, el cual se aproxima mucho más al del filósofo que el del hombre interesado.