La República
La República —Además, el placer y el dolor, ¿no son ambos un movimiento del alma?
—SÃ.
—Pero ¿no acabamos de decir que este estado en que no se siente placer ni dolor es un reposo del alma y cierta cosa intermedia entre estos dos sentimientos?
—Es cierto, asà se nos ha mostrado.
—¿Cómo, pues, se puede creer racionalmente que la negación del dolor sea un placer y la de un placer un dolor?
—No puede creerse.
—Por consiguiente —dije yo—, este estado no es en sà mismo ni agradable ni desagradable; pero se le juzga agradable por oposición al dolor, y desagradable por oposición al placer. En todas estas apariencias no hay placer real; todo esto no es más que un alucinamiento.
—Por lo menos, el razonamiento lo demuestra —dijo.
—Para que no te sientas tentado a creer —dije— que en esta vida la naturaleza del placer y del dolor se reduce a no ser más que, el uno, la cesación del dolor, y el otro, la cesación del placer, considera los placeres que no son resultado de ningún dolor.
—¿Dónde están y cuál es su naturaleza? —dijo.