La República
La República —Son numerosos y de diferentes especies —dije—: fÃjate, por ejemplo, en los placeres del olfato. La viva sensación que causan en el alma no es precedida de dolor alguno; y cuando cesan, no dejan tampoco ninguno tras de sÃ.
—Esto es muy cierto —admitió.
—No nos dejemos, pues, persuadir de que el placer puro no sea más que una simple cesación del dolor y el dolor puro una simple cesación del placer.
—No, en efecto.
—Con todo eso, aquellos placeres —dije— que pasan al alma por el cuerpo, y que son quizá los más numerosos y los más vivos, son de esta naturaleza; son verdaderas cesaciones de dolor.
—Lo son, en efecto.
—¿No sucede lo mismo respecto a los presentimientos de alegrÃa y de dolor, causados por la expectación?
—Lo mismo.
X.—¿Sabes lo que debe pensarse de estos placeres y con qué se los puede comparar? —pregunté.
—¿Con qué? —dijo.
—¿Sabes que en las cosas hay un punto alto, uno medio y uno bajo? —dije.
—Eso creo.[6]