La República
La República —A esta confesión querÃa conduciros cuando decÃa que, de una parte, la pintura, y en general toda arte que consiste en la imitación, está muy distante de la verdad en todo lo que ejecuta; y que, de otra, esta parte de nosotros mismos con la que el arte de imitar está en relación, se encuentra también muy distante de la sabidurÃa, y no aspira a nada sano ni verdadero.
—Estoy conforme —dijo.
—Por consiguiente, la imitación, siendo mala de suyo y uniéndose a lo que hay de malo en nosotros, sólo puede producir efectos malos.
—Asà debe de ser.
—Pero esto, ¿es cierto tan sólo —pregunté— respecto a la imitación que hiere la vista? ¿No puede decirse otro tanto de la que hiere el oÃdo y que llamamos poesÃa?
—Creo que se puede decir lo mismo —admitió.
—No nos detengamos —dije— en semejanzas fundadas en la analogÃa con la pintura; penetremos hasta esa parte del alma con la cual tiene la poesÃa un comercio Ãntimo, y veamos si ella es deleznable o valiosa.
—Asà conviene hacerlo.