La República
La República VIII.—Puesto que por segunda vez —dije— se ha presentado la ocasión de hablar de la poesÃa, he aquà lo que tenÃa que decir para justificarnos por haberla desterrado de nuestro Estado: la razón nos obliga a ello, por lo demás, y para que la poesÃa misma no nos acuse de haberla tratado con rudeza y tosquedad, será bueno decirle que no es de ahora su disensión con la filosofÃa. Sirvan de testigos las frases siguientes: Aquella perra arisca que ladra contra su dueño... Ese gran hombre que brilla en un cÃrculo de dementes... La cuadrilla de sabios que quiere elevarse por encima de Zeus... Estos hombres contemplativos, sutiles, cuyo ingenio aguza la pobreza[9] y otras mil que prueban lo antiguo de esta querella. A pesar de esto, protestamos resueltamente que si la poesÃa imitativa, que tiene por objeto el placer, puede probarnos con buenas razones que no se la debe desechar de un Estado bien gobernado, nosotros la recibiremos con los brazos abiertos, porque no podemos ocultarnos a nosotros mismos la fuerza y la dureza de sus encantos; pero en ningún caso es permitido hacer traición a la verdad. En efecto; tú mismo, mi querido amigo, ¿no eres uno de los apasionados por la poesÃa, sobre todo si se trata de la de Homero?
—Sobremanera.