La República
La República —¡Por Zeus! —exclamó—, si la injusticia fuese un mal capaz de dar por sà misma la muerte a los hombres malos, no habrÃa razón para mirarla como una cosa terrible, puesto que serÃa un remedio para todos los males. Pienso, por el contrario, que evidentemente la injusticia mata a los demás en cuanto ella puede, mientras que conserva lleno de vida y, además, muy despierto a aquel en quien fija su estancia. ¡Tan distante está la injusticia de darle la muerte!
—Dices verdad —observé—, porque si la corrupción del alma, si su propio mal no puede matarla y destruirla, ¿cómo un mal, destinado por su naturaleza a la destrucción de otra sustancia, podrÃa hacer perecer al alma o cualquier otra cosa que no sea aquella sobre la que puede producir naturalmente este efecto?
—DifÃcilmente, me parece —dijo.
—Pero es evidente que una cosa que no puede perecer ni por su propio mal ni por un mal extraño, debe necesariamente existir siempre, y que si existe siempre es inmortal.
—Necesariamente —dijo.