La República
La República XI.—Sentemos, por lo tanto, esto como un principio incontestable —dije—. Ahora bien, si es asÃ, es fácil de concebir que estas mismas almas deben de existir siempre, ya que no pueden ser menos, puesto que no perece ninguna; ni tampoco más, pues ya comprendes que, si el número de los seres inmortales se hiciese más grande, estos nuevos seres se formarÃan de lo que fuese mortal, y que entonces todas las cosas acabarÃan por ser inmortales[10].
—Dices verdad.
—No nos permite la razón creer eso, ni tampoco pensar que nuestra alma, considerada en el fondo mismo de su ser, sea de una naturaleza compuesta, llena de desemejanza y diversidad consigo misma.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—Es difÃcil que lo que resulta de la reunión de muchas partes sea eterno, y con una composición que no es la más conveniente, como acaba de parecernos la del alma —dije.
—En efecto, eso no es probable.