La República
La República XII.—En esta indagación —pregunté—, ¿no hemos resuelto las dificultades propuestas y despojado la justicia de todo lo que es accesorio y puesto aparte los honores y las recompensas que vosotros le habéis atribuido bajo la fe de Homero y de HesÃodo? ¿No hemos demostrado que la justicia es por sà misma el mayor bien del alma, considerada en su esencia, que ésta debe realizar lo que es justo, ya posea o no el anillo de Giges, y si se quiere también el casco de Hades[13].
—Pura verdad dices —respondió.
—AsÃ, pues —dije—, ¿parecerá mal, mi querido Glaucón, que ahora restituyamos a la justicia y a las otras virtudes, además de estas ventajas que son propias de ellas, las recompensas que los hombres y los dioses han unido a las mismas, y que el hombre justo recibe durante la vida y después de la muerte?
—No, ciertamente —dijo él.
—Ahora, ¿me devolveréis a su vez lo que os presté al principio de esta conversación?
—¿Qué es ello?
—Quise concederos que el hombre justo pasara por injusto y el injusto por justo, porque creÃsteis que si bien era imposible engañar en este punto a los hombres y a los dioses era, sin embargo, indispensable suponerlo por mor de la argumentación, para que se pudieran apreciar plenamente la justicia y la injusticia tomadas en sà mismas. ¿No te acuerdas?[14].