La República
La República —SerÃa en mà grave falta el no acordarme —dijo.
—Por tanto —segu×, puesto que ahora ya están juzgados, pido nuevamente, en nombre de la justicia, que reconozcamos que esta se nos muestra tal como corresponde a la buena fama de que goza entre dioses y hombres, para que asà recoja al fin los trofeos que obtiene por su apariencia y que otorga a los que la poseen, puesto que ya se ha hecho evidente que concede las bondades procedentes de la realidad, sin engaño para quienes de veras la abrazan.
—Pides algo que es muy razonable —dijo.
—Asà —dije—, me concedéis en primer lugar que el hombre virtuoso y el hombre malo son conocidos por los dioses tales como son.
—Te lo concedemos —dijo.
—Y que si no se ocultan, el uno es querido de los dioses y el otro aborrecido, como convinimos desde el principio.
—Asà es.
—¿No me concederás también que el hombre querido de los dioses sólo puede esperar de su parte bienes, y que si algunas veces recibe males es en expiación de las faltas de su vida pasada?
—Totalmente seguro.