La República
La República —Pues o sois más fuertes que nosotros o permaneceréis aquÃ.
—¿Y no hay otro medio, que es convenceros de que tenéis que dejarnos marchar?
—¿Cómo podrÃais convencernos si no queremos escucharos?
—En efecto —dijo Glaucón—, entonces no es posible.
—Pues bien, estad seguros de que no os escucharemos.
—¿No sabéis —dijo Adimanto— que, esta tarde, la carrera de las antorchas encendidas en honor de la diosa se hará a caballo?
—¿A caballo? Es una cosa nueva. ¡Cómo! ¿Correrán a caballo, teniendo en la mano las antorchas que en la carrera habrán de entregar los unos a los otros?[7]
—Sà —dijo Polemarco—, y además habrá una velada[8] que merece la pena de verse. Iremos allá después de cenar, y pasaremos el rato alegremente con muchos jóvenes que allà encontraremos. Quedaos, pues, y no os hagáis más de rogar.
—Ya veo que es preciso quedarse —dijo Glaucón.
—Puesto que lo quieres asà —le respond×, nos quedaremos.