La República
La República IV. Me encantó esta respuesta, y para animarle más y más a la conversación, añadÃ:
—Estoy persuadido, Céfalo, de que al hablar tú de esta manera los más no estimarán tus razones, porque se imaginan que contra las incomodidades de la vejez encuentras recursos, más que en tu carácter, en tus cuantiosos bienes, porque los ricos, dicen ellos, pueden procurarse grande alivio.
—Dices verdad: ellos no me escuchan, y ciertamente tienen alguna razón en lo que dicen, pero no tanto como se imaginan. Ya sabes la respuesta que TemÃstocles dio a un habitante de Serifo[14] que le echaba en cara que su reputación la debÃa a la ciudad donde habÃa nacido, más bien que a su mérito: le respondio que ni él mismo serÃa famoso de haber nacido en Serifo, ni lo serÃa su interlocutor de haber nacido en Atenas. La misma observación puede hacerse a los ancianos poco ricos y de mal carácter, diciéndoles que la pobreza harÃa quizá la vejez insoportable al sabio mismo, pero que sin la sabidurÃa nunca las riquezas la harÃan más dulce.
—Pero —repliqué yo— esos grandes bienes que tú posees, Céfalo, ¿te han venido de tus antepasados o los has adquirido tú en su mayor parte?