La República
La República III.—Por Zeus, Sócrates —me respondio—, te diré mi pensamiento sin ocultarte nada. Me sucede muchas veces, según el antiguo proverbio,[12] que me encuentro con muchos hombres de mi edad, y toda la conversación por su parte[13] se reduce a quejas y lamentaciones; recuerdan con sentimiento los placeres del amor, de la mesa, y todos los demás de esta naturaleza, que disfrutaban en su juventud. Se afligen de esta pérdida, como si fuera la pérdida de los más grandes bienes. La vida de entonces era dichosa, dicen ellos, mientras que la presente no merece ni el nombre de vida. Algunos se quejan, además, de los ultrajes a que les expone la vejez de parte de los demás. En fin, hablan sólo de ella para acusarla, considerándola causa de mil males. Tengo para mÃ, Sócrates, que no dan en la verdadera causa de esos males, porque si fuese sólo la vejez, deberÃa producir indudablemente sobre mà y sobre los demás ancianos los mismos efectos. Porque he conocido a algunos de carácter bien diferente, y recuerdo que, encontrándome en cierta ocasión con el poeta Sófocles, como le preguntaran en mi presencia si la edad le permitÃa aún gozar de los placeres del amor y estar en compañÃa de mujer, «Dios me libre —respondio—, ha largo tiempo he sacudido el yugo de ese furioso y brutal tirano». Entonces creÃa que decÃa la verdad, y la edad no me ha hecho mudar de opinión. La vejez, en efecto, es un estado de reposo y de libertad respecto de los sentidos. Cuando la violencia de las pasiones se ha relajado y se ha amortiguado su fuego, se ve uno libre, como decÃa Sófocles, de una multitud de furiosos tiranos. En cuanto a las lamentaciones de los ancianos que se quejan de los allegados, hacen muy mal, Sócrates, en achacarlos a su ancianidad, cuando la causa es su carácter. Con cordura y buen humor, la vejez es soportable; pero con un carácter opuesto, lo mismo la vejez que la juventud son desgraciadas.