Menón
Menón En este estado llega Ánito; se le pregunta si no hay maestros que enseñen la virtud, como los sofistas, por ejemplo. Ánito se indigna. Los únicos maestros, a su juicio, son los hombres virtuosos. No hay maestros, no; y la prueba es que los más virtuosos entre los griegos, un Temístocles, un Arístides, un Pericles, no recibieron la virtud de sus padres, ni tampoco la trasmitieron a sus hijos. La virtud no es una ciencia; no se enseña. En esto es semejante a la conjetura verdadera que aconseja a los hombres virtuosos tan bien o mejor que la ciencia. La virtud, la conjetura verdadera, no son, ni una ni otra, un fruto de la educación, ni un don de la naturaleza. Pues entonces, ¿qué son? Un don de Dios, según Sócrates, como la inspiración poética. Pero añade a esta conclusión lo que es más propio de un moralista que de un metafísico: «Nosotros no sabremos la verdad en esta materia sino cuando, antes de examinar cómo se encuentra la virtud en el hombre, emprendamos indagar lo que ella es en sí misma». Estas palabras, que cierran la conversación, la restituyen a su punto de partida. La cuestión de la naturaleza de la virtud queda en pie por entero; pero Platón no por eso ha dejado de dar con intención las reglas del método para la indagación y para la discusión filosóficas. En esto consiste el interés del diálogo.