Menón
Menón SÓCRATES. —¿Quizá eres adivino, Ánito? Porque según te explicas, me sorprendería si pudieras saberlo de otra manera. Sea lo que quiera, no busquemos hombres a cuyo lado iría Menón, para volver peor; y si los sofistas son de estas condiciones, como tú dices, dejémoslos aparte. Pero por lo menos, aconséjanos, y harás este servicio a un amigo de tu familia, acerca de la persona a que se ha de dirigir Menón en una población tan numerosa como Atenas, para llegar a ser digno de estimación en el género de virtud que te acabo de mencionar.
ÁNITO. —¿Por qué no le indicas tú mismo?
SÓCRATES. —Yo le he designado todos los que tenía por maestros de la virtud; pero si he de darte crédito, nada vale todo lo que he dicho, y sin duda no te engañas en tu juicio. Por lo tanto, desígnale a tu vez algún ateniense a quien haya de dirigirse; el primero que te se ocurra.
ÁNITO. —¿Pero hay necesidad de que yo designe alguno en particular? Basta dirigirse al primer ateniense virtuoso; no hay uno que no pueda hacerle (un hombre) mejor que lo harían los sofistas, si escucha sus consejos.
SÓCRATES. —Pero estos hombres virtuosos, ¿se han hecho tales por sí mismos, sin haber recibido lecciones de nadie? Y en este caso, ¿pueden enseñar a los demás lo que ellos no han aprendido?