Menón
Menón SÓCRATES. —¿No es claro que Tucídides, que hizo aprender a sus hijos cosas que le comprometían a grandes gastos, de ningún modo hubiera descuidado enseñarles a ser virtuosos, cuando nada le hubiera costado, si la virtud puede enseñarse? Tucídides, me dirás quizá, era un ciudadano común; no tenía entre los atenienses y sus aliados muchos amigos. Por el contrario, era de una gran familia, y tenía mucho crédito en su ciudad y entre los demás griegos; de suerte que, si la virtud hubiera podido enseñarse, hubiera encontrado fácilmente alguno, ya entre sus conciudadanos, ya entre los extranjeros, que hubiera enseñado la virtud a sus hijos, dado el caso que el cuidado de los negocios públicos no le dejasen tiempo para hacerlo por sí. Pero, mi querido Ánito, temo mucho que la virtud no pueda ser enseñada.
ÁNITO. —Por lo que veo, Sócrates, hablas mal de los hombres con demasiada libertad. Si quieres escucharme, te aconsejaría que fueras más reservado; porque si es fácil en cualquiera otra ciudad hacer más mal que bien a quien uno quiera, en esta es mucho más fácil. Yo creo que tú sabes ciertas cosas.