Menón
Menón SÓCRATES. —Puesto que no tiene maestros, tampoco tiene discípulos.
MENÓN. —Lo confieso.
SÓCRATES. —Por consiguiente, la virtud no puede enseñarse.
MENÓN. —No hay trazas de que pueda serlo, si nos damos por convencidos, como es preciso, por el resultado de este examen. Sin embargo, Sócrates; yo no comprendo que no haya hombres virtuosos; o si los hay, no entiendo de qué manera se han hecho tales.
SÓCRATES. —Menón, resulta, que ni tú ni yo somos bastante decíabiles, y que hemos sido mal instruidos, tú por Gorgias, y yo por Pródico. Por consiguiente, es preciso que nos consagremos con todo cuidado a nosotros mismos antes que a ninguna otra cosa, y que busquemos alguno que nos haga mejores por cualquier medio que sea. Al decir esto, tengo en cuenta la discusión en que acabamos de entrar; y encuentro que es hasta ridículo para nosotros no haber notado que la ciencia no es el único medio para poner los hombres en estado de conducir bien sus negocios; o quizá que, aun cuando no concediéramos que la ciencia sea el único medio de conducir bien sus negocios, y que hay otro medio, no por eso conoceríamos mejor la manera como se forman los hombres virtuosos.
MENÓN. —¿Qué quieres decir con eso, Sócrates?