Parmenides
Parmenides PARMÉNIDES. —Eso consiste, mi querido Sócrates, en que te atreves, antes de estar suficientemente ejercitado, a definir lo bello, lo justo, lo bueno, y las demás ideas. Ya, últimamente, te hice esta observación, oyéndote discutir aquí con mi querido Aristóteles. Es muy bello y hasta divino, sírvate de gobierno, ver el ardor con que te entregas a las indagaciones filosóficas; pero es preciso, mientras que eres joven, poner tu espíritu a prueba, y ejercitarte en lo que la multitud juzga inútil y llama una vana palabrería; y de no hacerlo así, se te escapará la verdad.
SÓCRATES. —¿De qué clase de ejercicio hablas, Parménides?
PARMÉNIDES. —Del que Zenón acaba de mostrarte. Salvo un punto, sin embargo; porque me entusiasmé cuando te oí decirle que querrías más que la discusión rodara, no sobre las cosas visibles, sino sobre las que solo son perceptibles por la razón, y pueden ser consideradas como ideas.
SÓCRATES. —En efecto; me parece que, siguiendo el método de Zenón, no es difícil mostrar los seres semejantes y desemejantes, y dotados de otros muchos caracteres opuestos.