Teeteto
Teeteto TEETETO. —Quizá no.
SÓCRATES. —Pero si Teodoro alabase el alma de uno de nosotros por su virtud y sabidurÃa, el que oyera este elogio ¿no deberÃa apurarse a examinar el hombre por él elogiado, y descubrir sin titubear el fondo de su alma?
TEETETO. —Ciertamente, Sócrates.
SÓCRATES. —A ti corresponde, mi querido Teeteto, manifestarte en este momento tal cual eres, y a mà examinarte. Porque debes saber que Teodoro, que me ha hablado bien de tantos extranjeros y atenienses, de ninguno me ha hecho el elogio que acaba de hacerme de ti.
TEETETO. —Quisiera merecerlo, Sócrates, pero mira bien, no sea que lo haya dicho de broma.
SÓCRATES. —No acostumbra a hacerlo Teodoro. Asà pues, no te retractes de lo que acabas de concederme, con el pretexto de haber sido una pura broma lo que dijo; porque en este caso serÃa necesario obligarlo a venir aquà a prestar una declaración en regla, que no serÃa ciertamente por nadie rehusada. Asà pues, atente a lo que me has prometido.
TEETETO. —Puesto que asà lo quieres, es preciso consentir en ello.
SÓCRATES. —Dime; ¿estudias la geometrÃa con Teodoro?
TEETETO. —SÃ.