Obras Morales y de Costumbres II
Obras Morales y de Costumbres II En verdad es admirable que las artes no necesiten de la fortuna para realizar sus propios fines, y que, en cambio, el arte más grande y perfecto de todos, la culminación de la buena fama y estima entre los hombres, no valga nada; que en el tensar y aflojar las cuerdas se encuentre Duna cierta discreción a la que llaman música, y en la preparación de los alimentos, al que llamamos arte culinario, y en el acabado de los tejidos, el arte de la batanería, y a los niños les enseñemos a calzarse y a vestirse, a tomar la comida con la mano derecha y a mantener el pan con la izquierda, en la idea de que estas cosas no son fruto de la fortuna, sino que necesitan solicitud y atención[45], y que, en cambio, las cosas más grandes y más importantes para la felicidad no llamen en su auxilio a la inteligencia ni participen de la razón y la previsión. Nadie moja la tierra con agua y la deja, pensando que por fortuna y automáticamente surgirán los ladrillos, ni después de adquirir lanas y pieles, nadie se sienta, suplicando a la ForEtuna que se le conviertan en vestidos y zapatos; y, cuando un hombre ha reunido gran cantidad de oro, plata y numerosos esclavos y se ha rodeado de espaciosas habitaciones, habiendo colocado en ellas lujosos lechos y mesas[46], ¿pensará que estas cosas, si no están acompañadas de la inteligencia por parte suya, le proporcionarán felicidad, una vida sin penas, feliz y afortunada? Alguien le preguntaba al general Ifícrates, com o para ponerlo a prueba, quién era, «pues no era hoplita[47], ni arquero ni peltasta[48]», y él le respondió: «El que los manda y hace uso de todos ésos».