Obras Morales y de Costumbres II
Obras Morales y de Costumbres II rompieron los carros, ansiosos por la victoria’[622]».
Y se dice que por esta respuesta, habiendo causado una gran admiración, ganó[623] el trÃpode[624]». «¿En qué se diferencian estas cosas —dijo Cleodoro— de los enigmas de Eumetis? Quizás no es vergonzoso que ésta, mientras juega y trenza, como otras muchachas, cinturones y redecillas, Bproponga esos enigmas [a las mujeres], pero es ridÃculo que hombres sensatos los tomen en serio». Eumetis, que seguramente le hubiera contestado algo gustosamente, según parecÃa, se contuvo por vergüenza y sus mejillas se colorearon de rubor. Pero Esopo, como queriéndola defender, dijo: «¿No es acaso más ridÃculo no saber resolverlas? Examinad, por ejemplo, el enigma que nos propuso antes de la cena:
‘He visto a un hombre echando bronce con fuego sobre un hombre’[625].
¿PodrÃas decirnos qué es esto?». «No lo sé ni necesito saCberlo», respondió Cleodoro. «Y, sin embargo, nadie —dijo Esopo— sabe esto más perfectamente que tú ni lo hace mejor, y si lo niegas, tengo como testigos a las sicionias[626]». Entonces, Cleodoro se echó a reÃr; en efecto, de los médicos de su tiempo era el que más usaba las ventosas, y este remedio adquirió fama gracias a él.