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Obras Morales y de Costumbres II
Obras Morales y de Costumbres II En verdad el afligirse y entristecerse por la muerte de un hijo ocasiona, naturalmente, él principio de la tristeza y no depende de nuestra voluntad. Yo, desde luego, no estoy de acuerdo con los que alaban[91] la indiferencia dura y cruel, que está fuera de toda posibilidad y provecho[92], pues ella nos priva de la buena disposición, que nace de ser amado y de amar, la cual es necesario que conservemos por encima de todo. Pero traspasar todos los límites y aumentar nuestros dolores, afirmo que es contrario a la naturaleza y nace de una idea malvada que existe entre nosotros. Por ello, también esto debe ser abandonado Dcomo algo funesto, maligno y en modo alguno propio de hombres honrados, en cambio el sufrimiento moderado[93] no debe ser rechazado como algo indigno. «Ojalá que no nos pongamos enfermos —dice Crántor[94], el filósofo de la Academia— y, si nos ponemos enfermos, que tengamos alguna sensación, ya sea porque alguno de nuestros miembros sea cortado ya porque sea arrancado. Esta insensibilidad al dolor la consigue el hombre a cambio de un alto precio. Pues, en aquel caso, es natural, es el cuerpo el que es sometido a un estado tal de brutalidad, pero, en este otro, es el alma».